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Tlatelolco desmentido 

 

"Tlatelolco Desmentido" es a la vez un paisaje urbano y el retrato de una comunidad, creado con la colaboración de más de 100 vecinos del edificio Chihuahua, documentado con fotografías y vídeo. 

El complejo urbano residencial de Tlatelolco, terminado en 1964, se convirtió en el segundo más grande de su tipo en el continente americano (después de Co-op City en el Bronx). Era parte del ambicioso movimiento de México hacia la modernización. El arquitecto Mario Pani, contemporáneo de Le Corbusier, trajo la arquitectura modernista funcional a México con su conjunto urbano Nonoalco Tlatelolco, un paraíso utópico de clase media. Su proyecto fue programado cuidadosamente para que fuera completado un par de años antes de que México fuera sede de los Juegos Olímpicos. 

El sueño de Pani fue de corta duración. Sólo 4 años después de terminar Nonoalco Tlatelolco en 1968, y 10 días antes de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, el gobierno masacró a cientos de estudiantes durante una protesta estudiantil pacífica. Menos de dos décadas más tarde la tragedia regresó a Tlatelolco cuando cientos de personas murieron al derrumbarse uno de los edificios en el terremoto de 1985. 

Después del terremoto el complejo urbano se transformó: la piel de los edificios, unos grandes paneles que daban una elegante y uniforme forma cuadrada al conjunto, fueron retirados al descubrirse que eran de material altamente inflamable, y el origen de una serie de incendios. 

Muchos de los edificios fueron acortados 3 pisos, algunos demolidos, y en otros se construyeron macizas columnas de hormigón en su fachada para hacerlos más seguros y más fuertes. 

Hoy, Tlatelolco exhibe las cicatrices de la historia. Lejos de la visión de Pani, erosionado por la tragedia, existe como una ciudad que se define a sí misma en sus propios términos. 

Inicialmente atraído por su tamaño, por su arquitectura modernista, por su decadencia y su bulliciosa actividad, me gustaba visitarlo a menudo, y fotografiarlo. Me gustaba perderme por allí con amigos, en paseos nocturnos en bici. Estar de pie en el borde de la plaza de las Tres Culturas con la iglesia colonial de Santiago Tlatelolco junto a las ruinas pre-colombinas de los tlatelolcas, rodeadas de imponentes edificios es, sin duda, surrealista. Uno siente claustrofobia y agorafobia al mismo tiempo; atrapado y expuesto, un objetivo, como esos estudiantes debieron sentirse cuando trataban de huir de la balacera en el 68. 

Mi proyecto se inició con una enorme fotografía del edificio Chihuahua, en un primer intento de captar un retrato de una comunidad y su entorno. Un paisaje urbano que buscaba hablar de cómo los vecinos se han adaptado a la memoria de la tragedia, y a un edificio que muestra las cicatrices de la misma.  

Esa primera imagen es una composición de 4 fotografías en alta resolución. Impresa en gran escala tiene la nitidez suficiente para permitir al espectador ver la estructura completa o acercarse y mirar en cada ventana de los departamentos. Los cambios en el edificio de Mario Pani se pueden apreciar con gran detalle en esta impresión: despellejado y con sus vigas de refuerzo; ventanas rectangulares expuestas ahora sin enmarcar por sus paneles originales; grietas, cables, huecos, antenas parabólicas colocadas donde encuentren una buena recepción. 

Buscando emular un conjunto de circunstancias similares a las que hacen Tlatelolco lo que es hoy, sentí que era importante que este paisaje se creará permitiendo que el azar, el entorno y el espíritu humano colectivo fueran parte de su proceso. Quería planear un retrato que fuera en parte resultado de la imprevisibilidad de las circunstancias. 

Diseñé una serie de abstracciones en papel que hacen referencia a acontecimientos históricos. Traduje estos diseños en pixeles de luz que representan a cada ventana de la fachada del edificio Chihuahua. Invitamos a los vecinos de las más de 90 apartamentos a participar en este experimento. La acción fue meticulosamente planeada: cada apartamento recibió guiones individuales que indicaban cuándo encender y apagar las luces en todo el departamento. Los cambios se daban cada 15 segundos durante 23 minutos, lo que resultó en un total de 92 fotografías. Sin ensayo y poca idea de por qué lo hacían, los vecinos crearon colectivamente una pieza que guarda cierta similitud con lo que estaba previsto, pero que adquirió una vida propia. 

Me equivoqué al pensar que la sospecha, el miedo, la apatía y el egoísmo limitarían la participación, que el proyecto nunca alcanzaría una masa crítica y por lo tanto nunca logrará una coherencia visual. Pero más del 90% de los departamentos del edificio participaron con espíritu de comunidad, fe ciega, y sin poder ver el resultado de sus acciones. Tlatelolco no se puede explicar, no se puede planear, y no se pudo comprobar. Tlatelolco se desmiente.